
En una fecha tan señalada como es esta del primero de mayo,
símbolo de los logros históricos conseguidos gracias a la lucha de las clases
trabajadoras, y en un momento en el que, debido a la pandemia que causa
estragos en todos los rincones del globo, muchos de aquellos logros se ven
peligrar, desde las filas de esta formación política hacemos un llamamiento a
la unidad de las clases trabajadoras para que permanezcan alerta y con máxima
disposición a la lucha por la defensa de sus legítimos derechos.
No dudéis ni por un momento que esta crisis, que comenzó como
una crisis sanitaria y que en el espacio de unas pocas semanas se ha convertido
ya en crisis económica y social, representa una ocasión de oro para los
enemigos del pueblo y de la democracia y no vacilarán en tratar por todos los
medios a su alcance, incluida la calumnia, la infamia o la mentira, de llevar a
nuestro país a la involución más vergonzosa y lamentable.
Los datos sobre destrucción de empleo dados a conocer en los
últimos días arrojan cifras no comparables a ningún otro período en la historia
reciente de España. Ello supondrá, no solo la destrucción de nuestros empleos,
sino que compromete muy seriamente los de nuestros hijos y los de nuestros
nietos. Por ello, hoy más que nunca, debemos mantenernos unidos en la
consciencia de que nunca hemos sido tan dependientes los unos de los otros y en
la certeza de que esta circunstancia ha de ser aprovechada por los de siempre
para volver a imponer recortes y condiciones al presupuesto nacional que
vuelquen, una vez más, todo el peso de la crisis sobre nuestro hombros, como ya
sucediera en la crisis financiera de tan reciente recuerdo y como ha sucedido
desde siempre con todas las crisis económicas.
Pero esta es la esencia del capitalismo, que nos lleva de
crisis en crisis para perpetuar su sistema de opresión y de explotación del
hombre por el hombre, con el resultado de que los muchos han de vivir sumidos
en una congoja permanente para que unos pocos puedan acumular mientras arruinan
la salud del planeta. Sabemos quiénes son, sabemos cómo se llaman, FMI, Troika,
G-20… ¡Sabemos, por tanto, a quién hay que vigilar!
Y permanezcamos también muy atentos a sus maniobras de
confusión, a sus juegos de palabras, a la perversión de los conceptos y las
ideas, funesto arte en el que son consumados maestros. ¿Qué es eso de la “clase
media”? ¿A quién pretenden engañar agitando semejante espantajo? ¡La clase
media no existe! ¿Qué especie de clase social es aquella en la que cabe quien a
duras penas llega a fin de mes y quien vive de las rentas? La clase media es
una entelequia, un invento del capital para desbaratar la unidad de las clases
trabajadoras. Estas sí que existen. Y está muy claro quienes las conforman:
trabajadores, empleados públicos, autónomos. Como también está claro quiénes
son las clases privilegiadas: los capitanes de la industria, el comercio y las
finanzas y sus capataces. No nos dejemos engañar, por tanto, cuando piden bajar
impuestos a las clases medias, porque no lo piden para ti, trabajador. Poco se
puede bajar a quien poco gana, pero mucho a quien gana mucho.
Y pedirán bajadas de impuestos. Los pedían ya antes de la
crisis y ahora con mucha más insistencia. Y lo hacen, no porque la actividad económica
haya menguado –no hay impuestos si no hay beneficios-, sino porque saben que
van a tener que arrimar el hombro para la reconstrucción. La subida de
impuestos a las clases privilegiadas es ya una necesidad insoslayable.
Impuestos que habrán de destinarse en primerísima instancia al sostenimiento de
las necesidades de los más desfavorecidos y de aquellos más perjudicados por la
crisis, que son los trabajadores que han perdido sus empleos y los autónomos
que han tenido que cerrar. Es por este motivo que la implantación de una renta
básica universal se ha convertido de pronto en una urgencia y nos congratulamos
de que el actual gobierno haya empezado a dar pasos en la dirección correcta.
Velaremos para que a estos primeros pasos sigan otros que conduzcan a la meta
final.
Impuestos que tendrán que destinarse también a la
reconstrucción del tejido productivo mediante un programa de ayudas a pequeñas
y medianas empresas con una ejecución debidamente planificada y con medidas de
control que garanticen el empleo eficiente de los recursos.
Y tendrán que destinarse también a la reconstrucción de una
industria nacional y un sector público industrial dignos de este nombre, porque
si algo se ha puesto de manifiesto con la pandemia que nos azota, es el
sinsentido de la globalización, que en base a la división internacional del
trabajo, asigna a cada país aquellos sectores productivos para los que
supuestamente está mejor preparado. No hace falta decir qué sectores le han
correspondido a nuestro país, lo tenemos todos demasiado claro. El resultado de
esta desplanificación, siempre confiada a las “benéficas” fuerzas del mercado,
ha sido el que todos conocemos: desabastecimiento del material sanitario más
básico en el momento en que se hacía más necesario y con las repercusiones que
este desabastecimiento haya podido tener en términos de vidas humanas.

Y tendrán que destinarse también a invertir en sanidad y otros
servicios públicos, porque las consecuencias de esta pandemia no habrían sido
tan graves si las inversiones en la sanidad en los últimos años, desde la
crisis financiera, no se hubieran reducido drásticamente siguiendo políticas de
austeridad que solo beneficiaron a la banca. Porque hemos de tener muy
claro que los 60.000 millones destinados
al rescate del sector salieron de nuestros bolsillos.
Y todas estas inversiones necesarias hay que financiarlas con
impuestos a los más ricos porque, si se financian con deuda pública, el coste
no solo recaerá fundamentalmente en las clases trabajadoras, sino que además
los grandes beneficiarios de la crisis volverán a ser los bancos, que son los
grandes prestamistas del Estado.
Y lo mismo que la globalización se ha hecho mal, se ha
construido mal la Unión Europea, que como se ha puesto de manifiesto en esta
crisis, es más bien una desunión, con el inconcebible desmarque de los países
más ricos del norte, dejando a su suerte a los más castigados del sur ante una
emergencia en absoluto achacable a una mala gestión presupuestaria, excusa
esgrimida con indescriptible desfachatez por la insolidaria Holanda, país que,
por cierto, funciona como un paraíso fiscal, de donde proviene gran parte de su
riqueza.
Finalmente, es obligado hacer una referencia a la situación
de nuestro entorno territorial más próximo. El cierre definitivo de la central
de Compostilla en este, hasta ahora, aciago 2020 constituye todo un símbolo del
fin de una era en nuestra comarca. Final inevitable antes o después, puesto que
los combustibles fósiles no pueden ser una opción de futuro en un planeta que
se asfixia, pero final injusto y precipitado y, sobre todo, mal planificado,
por no decir en absoluto planificado. Final, además, impuesto por las
instituciones europeas, que no ha sido más que una trampa en la que nuestros
gobiernos han caído de la forma más cándida y vergonzante, pues al tiempo que
España daba carpetazo a su minería, Alemania se permitía el lujo de prorrogarla
hasta 2038. Y nadie, desde nuestras instituciones, pidió explicaciones por
ello. Nosotros pedimos compensaciones. Y se las pedimos directamente a Europa,
que tiene la obligación de reparar lo que consideramos una grave ofensa a
nuestra inteligencia y a nuestra dignidad. Le pedimos, le exigimos, una
financiación generosa que permita la reconstrucción de nuestro tejido
productivo de forma que se garantice empleo de calidad y respetuoso con el
medio ambiente y un futuro de esperanza para nuestros jóvenes.
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